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Pastoral argentina en Discapacidad

A lo largo de la historia humana, las personas con discapacidad han experimentado el rechazo y el abuso de los modos diversos. Esto se concretó en el modo extremo en la eliminación de los individuos con deficiencias más severas por no ser atendidos humanos humanos, o en la exclusión de la comunidad debido a que eran tan diferentes, tontos, incapacidades, inútiles, deficientes para vivir en el medio de una organización social que tenía un modelo de persona que no permitía estas formas de ser que no seríamos dignos de la vida humana o una carga para la familia y el resto de la sociedad que se reconocen solamente como valiosas las personas con capacidades para producir. Así las personas con discapacidad eran tan valiosas como seres humanos de menor dignidad.

Con el tiempo se ha podido ver que estas partes de la vida se encuentran en el entorno de grandes prejuicios frutos de una gran ignorancia acerca de lo que es el hombre. Esta es la manera de pensar.

La sociedad, a través de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), declaró que todo el hombre tiene una misma dignidad, los derechos y las responsabilidades que desempeña, continúa excluyéndolas a pesar de los avances que se han dado en la materia: dejar de Definir desde su discapacidad (ciegos, sordos, cojos, rengos, mudos, cortos de mentes, amentes, estúpidos, demencias, etc.) para comenzar a tener en cuenta que en un lugar es personas como los demás seres humanos, que experimentan una discapacidad. y que esta tiene una relación directa con la organización social que no responde a las necesidades que estas personas tienen para trasladarse, personalizar, rehabilitarse, comprender, estudiar, trabajar, formar una familia, descansar, hacer deporte, etc. fueron afirmando cada vez más sus derechos,

En este proceso lento, promovemos la mejor manera de ser las familias de las personas con discapacidad, exigimos que también las respetemos, que vivamos en todas partes que en la sociedad junto con los demás personas, que generemos las oportunidades para participar en el progreso del mundo desde su particularidad a través de un proceso de habilitación y / o rehabilitación que le permite lograr un nivel adecuado a sus capacidades de autonomía e independencia en su propia vida y de inclusión laboral.

Esta es una trayectoria que se ha dado en el tiempo, no se ha logrado en todas las sociedades ni en los grupos de un mismo país, sino también en una misma comunidad en general sino también en cada uno de sus miembros.

En la sociedad actual en general persisten prejuicios y actitudes de rechazo que generan situaciones ofensivas e injustas hacia las personas con discapacidad.

En los años 70 comenzó muy fuertemente en algunos países un movimiento a favor de su valorización, de reivindicación de sus derechos y por tanto de su protagonismo. Esto se ha visto plasmado en una cantidad importante de declaraciones y de acciones de concientización a nivel internacional, que se fue a su vez asumiendo en los diversos países con mayor o menos reconocimiento en las leyes y concretando en la vida ordinaria. Este proceso si bien ha producido grandes cambios en determinados países, no ha llegado a plasmar realmente una transformación significativa que haga concreta la equiparación de oportunidades, con todo lo que ella implica.

En la década del 90 comenzó un fuerte movimiento social con una fuerte participación de las mismas personas con discapacidad a través de sus organizaciones y de las posibilidades brindadas por las redes sociales. Esto permitió una influencia muy grande para que las Naciones Unidas plasmaran el reconocimiento de sus derechos en una Declaración que obligara muy fuertemente a los estados miembros y diera a las personas con discapacidad un instrumento que les sirviera como medio para exigir cambios en sus países.

Este documento fue un gran logro del movimiento asociativo de las personas con discapacidad que reconoció de modo particular su capacidad jurídica, su capacidad de elección, su protagonismo como dueño de sus decisiones y por tanto del camino o derrotero de su vida.

Este documento fue la gran muestra del trabajo mancomunado de las personas con discapacidad, que hicieron pesar su dignidad, sus necesidades, su voz y que ha servido para fortalecer el trabajo que en las diversas naciones se venía gestando.

La Convención Internacional de los Derechos de las Personas con discapacidad de las Naciones Unidas de 2006  aumentó la creciente conciencia que las personas con discapacidad por su igual condición con las demás personas tienen derecho a una vida digna y con todas las oportunidades que los demás individuos desean para sí y la legislación les reconoce.

Nuestro país cuenta con una legislación muy importante en esta materia, pero lo allí planteado no llega a ser una realidad debido a que el Estado no ha cumplido con lo que la ley establece, no llevó adelante programas que provocaran un cambio de la situación de exclusión social que estas personas viven y por tanto no se destinaron los recursos económicos y humanos necesarios para este fin.

  • La Iglesia y su acción a favor de las personas con discapacidad en la historia: inicio de un cambio

La Iglesia se ha dirigido a quienes han sufrido la exclusión por diversos motivos y en particular hacia aquellos que experimentaban el abandono de su entorno a causa de las distintas caras de la enfermedad, del sufrimiento o de la pobreza y el despreció de los que se consideraban a sí mismos mejores.

La identificación que Jesús hizo de sí mismo con aquellas personas despreciadas (pobres, presos, desnudos, hambrientos, enfermos): “lo que hicieran al más pequeño de mis hermanos, me lo hicieron a mí” y su imagen en la cruz definida con el siervo sufriente de Isaías: “ni rostro humano tenía, parecido a un gusano, ante quien se da vuelto el rostro..”, anuncian que en todo hombre, incluso en aquel que no parece hombre a la mirada de los demás hombres, está presente la imagen de Dios, del Hijo.

El Apóstol San Pablo en su Primera Carta a los Corintios les dice a los que la conforman: “Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios.” (2,26-29).

La iglesia  se ocupó de aquellos niños y niñas con grave discapacidad que eran abandonados o directamente eliminados, provocando un cambio histórico en la manera de tratar a estas personas. Y así, a lo largo de los siglos, como fruto de los diversos dones que el Espíritu Santo siembra en los varones y mujeres, surgieron innumerables formas de responder a su dignidad y a sus necesidades, que no es el momento de detallar.

  • Situación de las personas con discapacidad en la vida actual de la Iglesia

Una simple mirada sobre la vida de la Iglesia (parroquias, colegios, movimientos, congregaciones, etc.) hace caer en cuenta de la ausencia de personas con discapacidad en ella.

Sin contar las razones personales, son variados los motivos que llevan a esto. Se podrían citar los siguientes:

  • La incapacidad para relacionarse con personas con discapacidad intelectual, con discapacidad auditiva o con problemas de comunicación, que presentan muchos agentes de pastoral, en especial sacerdotes y catequistas.

  • La ignorancia que se tiene sobre esta temática y los prejuicios existentes, que quieren ser solucionados con el uso de respuestas espiritualistas que indican que no es una temática que preocupa y ocupa.

  • Los problemas de accesibilidad que existen en las instalaciones religiosas. Se tiene que poder llegar al lugar a dónde se quiere ir, acceder al mismo, circular por él, comunicarse con las personas, comprender lo que se dice o expresa, utilizar todo lo que hay en ese lugar y estar seguro como lo están las demás personas.

  • La falta de compromiso con esta realidad que impide vencer las restricciones existentes para la participación de estas personas en la vida comunitaria.

  • La falta de una reflexión que cuestione los prejuicios existentes en los miembros de la comunidad y ponga en crisis las concepciones inapropiadas de ciertas épocas que se han transmitido de generación en generación y las formas de tratar a estas personas que tiene su origen en concepciones que las desvalorizan, que disminuyen su participación y su protagonismo al negar recursos humanos y materiales o no adaptados a su condición.

  • El desinterés, por parte de ciertos miembros de la Iglesia, basado en una valoración negativa de estas personas. Su exclusión de ciertas instituciones eclesiales, en particular educativas, por considerarlas incapaces o que no podían responder a los ideales allí propuestos.

  • El no cuestionamiento de ciertas estructuras organizadas para un determinado modelo de persona.

  • La no puesta en crisis de ciertas afirmaciones y actitudes que van en contra de ciertos valores propuestos por el Evangelio. Hay valores culturales transmitidos que se viven como naturales en la vida comunitaria que tapan el valor único del Evangelio (Tradiciones humanas sobre el Evangelio).

Diversas iniciativas históricas (congregaciones religiosas, catequesis, algunos movimientos, servicios destinados a dar respuesta a sus necesidades e iniciativas de pastoral integral, etc.), que en su momento fueron respuestas excelentes, incluso de avanzada para su época, y que mostraron el compromiso con el prójimo que estaba delante, no fueron cuestionadas posteriormente.

En muchos casos, lamentablemente ciertas maneras antiguas de concebir esta realidad no fue cuestionada a través de la iluminación que el mismo Evangelio propone, particularmente por la concepción espiritualista que se tenía sobre los relatos donde aparecían personas con discapacidad y por la manera de concebir esta temática.

Los requerimientos actuales que las personas con discapacidad y sus familias plantean deben encontrar en los miembros de la Iglesia una clara actitud de escucha. Ella debe abrirse con entusiasmo a los nuevos paradigmas que sobre esta realidad se plantean, en particular cuando responden a lo que Cristo mismo planteó al referirse al valor de la persona y la inclusión.

Si bien se han experimentado cambios en la vida ordinaria de la Iglesia con respecto a las personas con discapacidad, aún son muchas las que experimentan, en ciertas maneras de referirse hacia ellas o la discapacidad en la prédica, en las enseñanzas o escritos, en la organización de las comunidades cristianas y en las actitudes de muchos de sus miembros, restricciones que les impiden encontrarse con el Jesús que la Iglesia anuncia, con su Palabra, con su gracia en los sacramentos, con los demás cristianos al momento de anunciar juntos el Evangelio.

Es necesario que las comunidades cristianas en general y cada uno de sus miembros reconsideren su manera de pensar sobre la temática de la discapacidad: una desgracia que se sufre, un castigo que Dios envía al que ha obrado mal, algo que anula totalmente, algo que les permite desarrollarse como personas, algo que los mantiene eternamente niños o que los hace seres pasivos e incapaces, algo que los vuelve dependientes de otros o por el contrario superhéroes por vencer su desventaja, seres especiales casi angelicales que Dios envía a este mundo para que lo hagan mejor, etc. De esta manera se tiene hacia ellas una mirada piadosa por la desgracia que les ha tocado vivir o que los hace seres especiales. Para esta perspectiva el centro es la discapacidad, que destruye o levanta por sí misma y no la persona con sus decisiones, características y el entorno.

La dignidad de toda persona, que el Evangelio muestra aún más, exige la plena valoración de las personas con discapacidad y trabajar por su desarrollo e inclusión. Todos los modos de pensar y/o actuar sobre esta realidad a nivel eclesial deben ser reconsiderados a la luz del Evangelio de la vida y de la libertad. Los criterios que se suelen manejar en el trato con las personas con discapacidad y las estructuras eclesiales deben ser reevaluadas a fin de que sean liberadas de las restricciones que impiden que ellas tengan acceso a la Palabra de Dios, a los sacramentos, a las celebraciones y a todas las actividades y ámbitos donde los demás cristianos deciden participar.

El desafío de la evangelización en cada tiempo histórico es que todos los individuos gocen de lo que Cristo nos ha conseguido: “… por Cristo, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu” (Ef. 2,18). El acceso libre va contra toda restricción, salvo aquella que surja de la propia naturaleza de lo que se trate. El acceso libre refiere a la autonomía: yo decido, nadie decide por mí. Por tanto todos los impedimentos o barreras, frutos de los estrechos criterios humanos, que dificultan que una persona con discapacidad acceda a los dones del Padre en el Espíritu que Jesús nos ha dado, deben ser removidos para que toda persona según su diversidad acceda a ellos y pueda ser un activo protagonista en la misión de la Iglesia.

En todo tiempo los cristianos están invitados a convertirse al modo de pensar de Dios y renovar su mentalidad, luchar contra el hombre viejo que va endureciendo el corazón y la manera de comprender el Evangelio. Esto los mantendrá atentos para que los valores culturales negativos de cada momento no los condicionen negativamente y limiten la acción renovadora del mensaje de Jesús que la Iglesia debe transmitir generosamente. 

Las respuestas que con buen espíritu surgieron en un momento determinado de la Iglesia pueden volverse contra el mismo hombre a quien buscaron servir, porque han cambiado las circunstancias y la concepción sobre las personas con discapacidad y su inclusión. La concreción del amor al prójimo y el servicio a los hombres debe ser reevaluada continuamente porque siempre es actual aquello de Jesús: el sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado. San Pablo expresa esto mismo de la siguiente manera: “No tomen como modelo este mundo. Por el contrario transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.” (Romanos 12,2).

Si esto se concreta, la Iglesia experimentará una vez más la fuerza renovadora de Aquel que rompió toda atadura, que corrió la piedra que impedía que surgiera la vida. Todos experimentaremos la acción del Espíritu Santo que en Pentecostés unió a los diversos hombres en un solo espíritu para que a una voz todos alaben al Padre y aporten para el progreso del mundo para que el mismo sea un poco más hogar y no un lugar de desolación.

El Salmo 133 dice: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos! Allí el Señor da su bendición, la vida para siempre”. La unión de las personas es una bendición, allí crece la vida porque los hombres se reúnen y ponen en común los dones con que Dios los ha enriquecido. Con la inclusión de las personas con discapacidad en la vida de la Iglesia se dará un paso más en el cumplimiento del deseo de Jesús: “sean uno como el Padre y Yo somos uno” (Jn.19). De esta manera se hará un aporte silencioso y concreto a la paz social, que se logra en la medida que los hombres se integran a través del respeto, del conocimiento y del esfuerzo por el bien común.

 Mucho se ha hecho en la atención pastoral de los discapacitados; hay que seguir adelante, por ejemplo reconociendo mejor su capacidad apostólica y misionera, y antes aún el valor de su «presencia» como personas, como miembros vivos del Cuerpo eclesial. En la debilidad y en la fragilidad se esconden tesoros capaces de renovar nuestras comunidades cristianas.

En la Iglesia, gracias a Dios, se cuenta con una difundida atención a la discapacidad en sus formas física, mental y sensorial, y una actitud de general acogida. Sin embargo, a nuestras comunidades aún les cuesta practicar una verdadera inclusión, una participación plena que al final llegue a ser ordinaria, normal. Y esto requiere no sólo técnicas y programas específicos, sino ante todo reconocimiento y acogida de los rostros, tenaz y paciente certeza que cada persona es única e irrepetible, y cada rostro que se excluye es un empobrecimiento de la comunidad.”

n Todos los cristianos han sido enriquecidos con diversidad de dones para el bien común y la edificación de la Cuerpo de Cristo, la Iglesia

¿Qué implica la inclusión de la que se está hablando? 

Rápidamente se podría decir que es la plena participación en todo los ámbitos de la vida social y eclesial con equiparación de oportunidades.

El Concilio Vaticano II en la Constitución Lumen Gentium 7 expresa: “Y del mismo modo que todos los miembros del cuerpo humano, aun siendo muchos, forman, no obstante, un solo cuerpo, así también los fieles en Cristo (cf. 1Cor 12,12). También en la constitución del cuerpo de Cristo está vigente la diversidad de miembros y oficios. Uno solo es el Espíritu, que distribuye sus variados dones para el bien de la Iglesia, según su riqueza y la diversidad de ministerios (1Cor 12,1-11).”.

San Pablo afirma: “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Diosque obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provechocomún…” (1Cor 12,4-7)

Y San Pedro (1Pe 2,5) dice que todos “…cual piedras vivas, entren en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espiritualesaceptos a Dios por mediación de Jesucristo.”.

Estos textos hacen referencia a la diversidad de cada uno y a su presencia activa en la construcción de la Iglesia. Desde aquí se comprende que nadie debe ser valorado de manera pasiva, como un incapaz, como si nada tuviera que aportar desde sí mismo, y que cada uno desde su particularidad, que es un don de Dios, aporta al bien común.

El Documento de la Santa Sede referido a las personas con discapacidad afirma que dado que la persona con discapacidad es “un sujeto con todos sus derechos, se le debe facilitar la participación en la vida de la sociedad en todas las dimensiones y a todos los niveles accesibles a sus posibilidades”. Esto mismo se debe aplicar en la vida de la Iglesia.

Jesús no hizo acepción de personas, todos encontraron en Él su reconocimiento como hijo de Dios y como hermanos suyos. Él en su actuar llamó claramente la atención de que nadie puede ser excluido, eligiendo especialmente a quienes eran rechazados por ser considerados inútiles…. Él rechazó toda discriminación por el motivo que fuera, incluso religioso, al identificarse con aquel leproso que tocó y que era excluido en Israel por ser considerado un pecador y sentarse a comer con los pecadores.

La comunidad cristiana no nace de abajo, de una alianza entre los hombres, sino que es fruto de la acción de Dios Trinidad en los creyentes: El Padre por el Hijo en el Espíritu Santo nos entrega mutuamente. De esta manera cada persona es un don para el otro. Así la Iglesia no es simple agregación, reunión o congregación, es más, es comunión de todos por el amor de Dios en los creyentes que lleva a amar como Jesús nos amó. Ella es fruto del intercambio  de la diversidad, de la individualidad, de la particularidad de cada uno a todos como don de Dios ofrecido a todos. Ella es comunión en la diversa igualdad de cada persona. El Espíritu que la anima reúne a sus miembros con los innumerables dones con que los colma para el bien de todos.

El deseo de Jesús es que seamos uno como el Padre y Él son uno. Él nos ha enviado a amarnos como Él nos ha amado, como amigos que se dan la vida. Esta unión es plenitud de entrega ya que los amigos viven el uno en el otro, son espacio vital mutuo. Los hombres somos invitados a admirarnos como Dios que vio que su obra era muy buena y así las personas al contemplarse se dejan mutuamente ser en la positividad y en la diferencia de su novedad que nadie puede conocer totalmente, ni uno mismo.

Por este motivo todas las personas sin distinción tienen que poder encontrar en la Iglesia los medios adecuados para participar en ella, en todos sus ambientes y actividades. En la Iglesia no se debe valorar a las personas como aptas y no aptas para participar en la comunidad cristiana. No se les debe exigir adecuarse a los criterios culturales que los miembros de las comunidades tienen, porque lo que rige es el criterio de la encarnación: el Hijo de Dios se ha hecho hombre para que los hombres se hagan hijos de Dios. Importa cada persona por sí misma, por ser hija de Dios, por su propia dignidad.

Como seguidores de Aquel que asumió la condición humana dejando de lado su condición divina, tenemos que preguntarnos si estamos dispuestos a realizar todos los ajustes necesarios para que las personas con discapacidad desde su propio actuar puedan participar en la vida de la Iglesia. Si esto no se logra la comunidad eclesial será para algunos, los que son considerados por ella capaces de responder a ciertas exigencias, pero cómo se condice esto con las enseñanzas de Jesús para las que todos los hombres son hijos de Dios, cómo se puede afirmar esto con el actuar de Jesús que anunció la Palabra a cada uno según podía comprender (Mc.4,33), etc.

Según estas enseñanzas y este actuar, las comunidades cristianas están llamadas a comprometerse con toda persona y con su diversidad y exigirse a sí mismas transformaciones intrínsecas para que todos los bautizados puedan participar activamente en ellas y todos los hombres puedan conocer a Jesús. Así como Él cuestionó la actuación de las comunidades religiosas de su tiempo que excluían a muchos y en particular a las personas con discapacidad por sus criterios religiosos, las comunidades tienen que preguntarse si existen barreras en su interior que excluyen a estas personas o que no les permiten recibir la Palabra de Dios y los sacramentos de manera activa y fructuosa y participar junto con los demás cristianos de la vida comunitaria y ser misioneros de Jesús. También deben cuestionar su manera de pensar acerca de la realidad de la discapacidad y de quienes tienen discapacidad. Esto debe ser hecho de manera particular debido a que se tiene una tradición que ha unido continuamente la discapacidad con la enfermedad, con el sufrimiento y con la desvalorización de estas personas.

La inclusión debe ser total e incondicional. Para que llegue a ser una realidad en la vida cotidiana de las comunidades eclesiales, debe darse una ruptura en los sistemas organizativos que se han ido cargando de tradiciones que no han sido puestas en crisis desde la nueva manera de valorizar la realidad de las personas con discapacidad. Esta transformación debe plantearse de manera profunda, no es una cuestión superficial, como hacer rampas de acceso a los edificios. Se necesita una valoración seria de la riqueza de la diversidad de cada individuo que expulse los prejuicios negativos existentes sobre ellas.

Las comunidades eclesiales deberán adaptarse para dar respuestas a las necesidades de las personas con discapacidad para que ellas puedan participar activamente. Ellas mismas o sus familiares o quienes los representen deben ser consultados a fin de poder cumplir con esta tarea.

Las personas con discapacidad, como las demás, deben ser tenidas en cuenta tanto como objeto de los diversos emprendimientos que se dan en la vida de la Iglesia como también sujetos activos que lleven adelante los mismos. No son solamente receptores de actividades sino hacedores de las mismas. Sobre esto se refiere tan acertamente el Documento de la Santa Sede: “… se le instará a que no se reduzca a ser solamente un sujeto de derechos, habituado a gozar de los cuidados y de la solidaridad de los demás, en actitud de mera pasividad. No es solamente uno al que se le da; debe ser ayudado para que se convierta en uno que da a su vez y en la medida de todas sus propias posibilidades. Un momento importante y decisivo en su formación habrá sido logrado cuando haya adquirido conciencia de su dignidad y de sus valores y se haya dado cuenta de que se espera algo de él, y que también él puede y debe contribuir al progreso y al bien de su familia y de la comunidad. Debe tener de sí mismo una idea realística, es cierto; pero no menos positiva; haciéndose reconocer como persona en condiciones de asumir responsabilidades, capaz de querer y colaborar.”

Desde esta perspectiva se debe concientizar sobre la necesidad de no considerar a la discapacidad como un bloque homogéneo, sino que hay que valorar a cada persona en su particular forma de ser, fruto de sus naturales capacidades como de todo aquello que ha desarrollado gracias a su esfuerzo personal y del apoyo de su familia y amigos y de las oportunidades que el entorno le ha brindado.

Es importante tener en cuenta que esta temática no se encuentra encerrada en sí misma, sino que por el contrario ella está referida a las diversas dimensiones de la vida humana según la edad de la persona. Debido a esto se dice que la discapacidad es una realidad transversal. Ella toca a todas las edades y las diversas realidades humanas: la educación, la salud, el trabajo, el diseño arquitectónico tanto de las ciudades como de los edificios de uso particular como público, el deporte, la vida de familia, el tiempo libre, etc. Nadie queda excluido de tener en cuenta esta realidad al momento de llevar adelante una tarea. La misma no es solamente de algunos pocos entendidos o que han sido tocados por la misma en su propio ser o en su vida familiar. Esta es una realidad que debe ser asumida por todas las comunidades cristianas y áreas a las que se dirige la Iglesia, porque justamente las que tienen necesidades son las personas que tienen una discapacidad y esas necesidades abarcan las diversas áreas humanas como sucede con las demás personas.

  • Conclusión: la comunión con el Padre y de los hombres entre sí en un mismo Espíritu, la misión de Jesús y de la Iglesia

Habiendo escuchado el grito de los hijos de Dios con discapacidad que piden ser liberados de todo aquello que restringe su inclusión en la sociedad y en la Iglesia, le pedimos al Espíritu Santo que renueve en nosotros su gracia y nos ayude a comprometernos con su vida así como Jesús lo hizo en su tiempo.

Él se acercó en primer lugar hacia quienes eran excluidos para recordarles que cada uno era hijo de Dios y miembro de la gran familia humana. Se dirigió a cada uno como podía comprender. Sus palabras y sus obras enfrentaron aquellas estructuras que ofendían la dignidad de cada individuo y le impedían su plena participación. Ante Él todo hombre se experimentó renovado en todo su ser, como una nueva criatura que desde sí puede aportar para la liberación de la creación (Rom.8,19-22)

Al tocar al hombre con lepra, que era el discriminado por excelencia en aquel tiempo, se identificó con él y condenó toda discriminación por el motivo que fuera. Así en su persona derribó todo muro que separaba a los hombres entre sí, porque Él mismo era la paz.

Ante las inaceptables actitudes, estructuras y situaciones que impiden el desarrollo pleno de las personas con discapacidad en la sociedad y en la comunidad eclesial, la Comisión de para las personas con discapacidad del Arzobispado de Buenos Aires hace esta propuesta para que ellas y sus familias encuentren en la Iglesia el respeto, la comprensión y el lugar vital que todo ser humano se merece.

Es necesario que todas las comunidades reflexionen y actúen sobre las diversas situaciones de exclusión que puedan darse en sí mismas y en la sociedad.

Movidos por el Espíritu que busca liberar a los hombres de toda esclavitud interior y exterior, deseamos que se concreten oportunidades que permitan a las personas con discapacidad recibir adecuadamente los dones que Jesús ha traído para todos los hombres, y así puedan sin restricciones ser protagonistas activos junto con los demás discípulos de Jesús en la tarea evangelizadora.

Confiamos que esta propuesta será una nueva ocasión para que nuestra Arquidiócesis que desea crecer en actitud sinodal, viviendo la riqueza de la comunión de los hombres iguales en su dignidad y diversos en su individualidad, crezca como signo vivo de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en Quien cree y a Quien alegremente anuncia, ya que Él mismo es misterio de comunión de las Diversas Personas en el Único Ser Divino.

Animados por el ejemplo de la primitiva comunidad que unida en la oración se espera en Pentecostés la venida del Espíritu Santo, la plenitud de la obra salvadora de Jesús en el mundo, tenemos la segura esperanza de que todos nosotros podamos reconocer mutuamente, dialogar y comprender desde la La mejor manera de comunicarnos a fin de formar un solo pueblo. 

El empeño de los creyentes para que en la iglesia y en la sociedad se experimentante se encuentra la oportunidad de realizar, es la ofrenda de Dios, el silencio del Espíritu Santo en el corazón de los hombres que provoca que las necesidades de uno sean las de todos.

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