Cuando se mencionan los hábitos, se habla de calidad de sueño, de actividad física y de alimentación, pero lo que se hace o se deja de hacer durante la jornada laboral también impacta en el bienestar. Abrir el correo nada más sentarse, dejar el móvil boca arriba sobre la mesa o tener varias pestañas abiertas parecen gestos inofensivos, sin embargo, pueden terminar afectando a la salud mental y emocional del trabajador.
Creo que la gran diferencia no está tanto en cómo somos ni en cómo trabajamos, sino en la relación psicológica que tenemos con el trabajo. Las generaciones anteriores crecimos muy vinculadas al sacrificio, la resistencia y la idea de aguantar, con la promesa de que ese esfuerzo acabaría teniendo recompensa. Esa idea de estabilidad se ha ido rompiendo y eso ha hecho que las generaciones más jóvenes se cuestionen el impacto que el trabajo tiene sobre su bienestar y su salud mental.
El entorno influye muchísimo más en cómo trabajamos de lo que solemos pensar. Así que tener constantemente a la vista notificaciones, pantallas encendidas, el móvil boca arriba o decenas de pestañas abiertas mantiene al cerebro en una especie de alerta continua difícil de sostener durante horas. Pero no solo afecta la tecnología. También influye ver caos, urgencia permanente o dinámicas donde todo parece prioritario todo el tiempo. Nuestro cerebro necesita cierto orden y sensación de seguridad para concentrarse bien. Trabajar en tensión constante puede convertirse en una forma de agotamiento muy silenciosa.







































































